Un Quijote y su “país de las maravillas”

Se asomó a la terraza y vio buen tiempo, ni una nube, ni blancas, ni grises. El cielo y el mar mimetizados en azul, un panorama que lo empujó...
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Se asomó a la terraza y vio buen tiempo, ni una nube, ni blancas, ni grises. El cielo y el mar mimetizados en azul, un panorama que lo empujó a buscar su caña, su cubo atestado de “trampas”, “estrategias” y carnada, para irse a probar suerte a orillas del Atlántico. Es lo que más le gusta hacer. A sus 70 años de edad, luego de jubilarse, Paco se refugió en la pesca para drenar las secuelas de aquel estrés que le dejó su antiguo trabajo de oficina. Este palmero, que vio la luz en Villa de Mazo, encontró en los peñascos de Los Cancajos su guarida de paz y tranquilidad, donde pasa horas, caña en mano, admirando los prismas de la costa breñera, custodiado siempre por dos gigantes molinos blancos que lo saludan a lo lejos con sus largos brazos oscilantes. Cuando el viento sopla más fuerte el saludo es más efusivo. Paco les hace reverencia al llegar y al partir, el resto del tiempo los ignora para concentrarse en su “misión”.

Sus días allí, frente al océano, son como su versión del “país de las maravillas” de Alicia. Pero Paco tiene otro maestro de ceremonias muy diferente al saltarín y ajetreado conejo, que reloj en mano llevó a la rubia aventurera a aquel mundo de fantasías. Cada día que sale de pesca tiene una cita con su entrañable compañero de faenas, un “peje verde”, como lo llama, que además de deleitarlo y entretenerlo con sus historias navegadas le da algunos tips de pesca y lo guía hacia buenos puntos en la costa, donde puede conseguir cardúmenes de otras especies marinas con las que el parlanchín escamoso no simpatiza mucho.

El sol ya les daba la espalda y le sonreía a los pescadores de Tazacorte, el viento arreciaba y los gigantes se “alteraban”. Su braceo se tornó amenazante para el pescador y su colega, pensaban que se burlaban de ellos porque no habían tenido suerte aquella tarde. Una ofensa para el as de la caña y su coach, quienes se envalentonaron y decidieron enrumbarse cuales guerreros, dispuestos a la batalla, hacia donde estaban los imponentes retadores. Paco empuñó su caña como una gran lanza, se lanzó al mar y cabalgó sobre el peje verde, que crecido de la furia nadaba veloz sorteando el fuerte oleaje con la victoria como destino.

Mientras más cerca estaban de los gigantes blancos, más enormes se veían y más fuerte sentían el viento, tanto que los hacía retroceder y en ocasiones hundirse, pero eso no los amilanaba. Apenas a un par de kilómetros de los pies de sus rivales, cuando pensaba atacarlos con su gran lanza, “aderezada” con su mejor anzuelo y su plomo de la suerte, un gran armatoste alado voló sobre ellos y los tomó por sorpresa. Tanta era su fuerza, que la estela de viento que dejó a su paso los arrastró y sumergió varios metros. Paco perdía el conocimiento mientras se hundía y perdía de vista a los grandes molinos que se difuminaban en el vaivén del agua.

En su inconsciencia escuchaba a su compañero, alterado, y sentía chorros de agua que golpeaban sus ojos. Volvió en sí y enfocó a su amigo, que desde la orilla, en el mismo lugar donde siempre pesca, le “disparaba” cuotas de agua con sus aletas para que despertara de su letargo. Cuando el viento arreció horas atrás, una fuerte ola había empujado al setentón hacia las rocas y desmayó tras darse un golpe. Vio a su alrededor, los gigantes seguían saludándolo amigablemente. No hubo lucha, no hubo cabalgata marina ni victoria. Paco sólo fue un Quijote inconsciente y el peje verde su valeroso Rocinante con escamas.

Pasado el susto y la batalla imaginaria, ríe, se seca, “recarga” su lanza, digo, su caña, y prueba con un último nailon al mar para ver si les va mejor que en su enfrentamiento ficticio. Para él los días así no tienen desperdicio, aunque no pesque nada. Piensa que su amigo verde es un charlatán muy jocoso, por eso se divierte tanto cada vez que se sienta a probar suerte en la rocosa costa de Los Cancajos, por eso cuando amanece lo primero que hace es asomarse a la terraza para saber si podrá “sumergirse” de nuevo en su mágico refugio, compartir con su camarada de aletas y recibir el saludo repetido de los gigantes blancos frente a su inmenso “país de las maravillas” azul.

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CulturaEspaña

Periodista venezolano radicado en las Islas Canarias, España. Más de 10 años de trayectoria en medios impresos.
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