Tenemos que hablar de muchas cosas: «Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío»

Miguel Hernández llegó al mundo como del rayo, atragantado, rápido y con tres heridas. Una, la de la vida; otra, la del amor y, por fin, la de la...

Miguel Hernández llegó al mundo como del rayo, atragantado, rápido y con tres heridas. Una, la de la vida; otra, la del amor y, por fin, la de la muerte. Este poeta, hortelano, desbordante, cortado por el viento popular y hecho de versos gongorinos, sembró la muerte en toda su vida. Incluso en el amor. Se acechó a sí mismo y se convirtió en el poeta del pueblo, en la voz del que ríe, del que llora, del que ama y del que muere. Fue jornalero de frente y manos duras. Encontró la dignidad del que mira donde pocos se asoman y logró reanimar a la poesía española con el último suspiro de esperanza, de savoir–faire de entraña, de relámpago sin mística.

Herido de vida, Miguel Hernández escribió con las herramientas del sudor y del esfuerzo del hombre que empieza a sentir y siente la vida como una guerra. Fue poeta solitario y conmovedor. Hombre vitalísimo y joven. Joven hasta para morir. Le vino grande a la historia de España. Con la altura lírica de sus versos se acercó a la educación sentimental de muchos. Descubrió la tensión de las dos Españas como una herida interior porque su firme vocación literaria, necesitada de diálogo con la modernidad, chocó con su propia ideología. Triunfó en la vida a su manera: en soledad. Se agarró sin éxito al último vagón de la Generación del 27. Llegó tarde a ese grupo poético y pronto a todo lo demás. Encontró en Vicente Aleixandre y en Pablo Neruda el viejo cliché de la complicidad literaria. Con Federico García Lorca comprendió la frustración y sufrió hasta su muerte el enfrentamiento íntimo que sentía al verse obligado a despreciar aquello mismo que admiraba. Sus versos, por lo menos, estuvieron prohibidos. Ésa también fue una forma de glorificarse.

Herido de amor, Miguel Hernández encontró en tres mujeres parte de la inspiración que necesitaba. Y con dos de ellas, Josefina Manresa y Maruja Mallo, descubrió que en la pasión, en el sentimiento amoroso, la indecisión termina siendo un destino trágico, un calambrazo como el de El rayo que no cesa. Las dos aparecen en ese libro. Una mariposa roja y una mariposa negra, dice Lorca en una de sus coplas. Miguel unió en ese libro a la una y a la otra. Habló de amor, de soledades, de sed de más, de deseo, de frustración amorosa, del apogeo de la vida y del erotismo, del extraordinario equilibrio entre el desbordamiento emocional y la fuerza expresiva de dos enamorados. Y de, en definitiva, la destrucción o el amor. En muchos de sus versos, la angustia del Miguel enamorado ante la amada ausente, inaccesible y ocupada, es herida en el corazón. Un navegar sin norte por los mares sin fin.

El amor de Miguel Hernández, incluso el que compartió con la más convencional de sus mujeres, Josefina Manresa, fue tormentoso y, en muchas ocasiones, lleno de dolor. La Guerra Civil tuvo parte de la culpa. Y sin embargo, esta carnicería fue una satisfacción para su obra literaria. En el caso de Josefina, destaca la relación fundamentalmente epistolar que ambos mantuvieron. En una de las cartas, escrita cuando Miguel quería volver al redil y a los brazos de una mujer serena, harto ya de la hipocresía y mediocridad del Madrid que vivía, el poeta le dijo a su amada que “no te niego que he conocido a otras mujeres, pero he visto la diferencia enorme que hay entre tú y ellas, y te prefiero a ti sobre todas. Eres buena, honesta y tienes todo lo que yo puedo y quiero exigir a una mujer. Con el tiempo comprenderemos todo lo que pasa entre nosotros y todo lo que somos”.

Con Miguel Hernández florecían los besos sobre las almohadas. Su poesía es definitivamente amorosa. Sus versos comulgan con los fundamentos de la creación, de la pasión humana. Ni un solo poema puede quedar al margen del sentimiento amoroso. Amor a la mujer, al hijo, al pueblo, a la amistad. Sólo un poeta enamorado puede escribir de forma tan lúcida y con un sentido tan fuerte del deseo de prolongación de la vida. Amor y poesía para cada día era el lema vital de Juan Ramón Jiménez. También para Miguel, que lo vivió y lo poetizó. Si hubiese que plasmar en una sola palabra su vida y su literatura, lo más acertado sería decir amor. Siempre. Hasta en la cárcel y en la muerte.

Herido de muerte, Miguel Hernández entró en la sombra con los ojos abiertos. Así lo encajaron en el ataúd. El silencio de la tierra debe de ser un alivio para los que vivieron por la palabra. No lo fusilaron, pero lo dejaron morir en una cárcel. Fue otra forma de asesinato. Tenía 31 años. Era casi un niño. Pertenecía a la España más creativa igual que tantos otros segmentados crudamente por la guerra. Al periodista y escritor Fernando Sánchez Monreal le apagaron las luces a los 27 años. A Federico García Lorca le bajaron los plomos a los 38. Pedro Muñoz Seca, Ramiro de Maeztu también cayeron. La lista es infinita. En Miguel Hernández y en todos ellos queda, eso sí, la honestidad de la vida y la dignidad de la muerte de hombres buenos y luminosos. Hay en ellos un rayo de sol que siempre deja a la sombra vencida.

Del amor a la vida, y de la vida a la muerte, Miguel sufrió y escribió hasta que llegó la muerte alevosa, compañero del alma, tan temprano…

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