Qué saben nuestros jóvenes

Es una opinión frecuente, una queja generalizada: nuestros jóvenes, incluso los universitarios, tienen un nivel académico que ha bajado a niveles del subsuelo; escriben con unos símbolos crípticos parecidos...

Es una opinión frecuente, una queja generalizada: nuestros jóvenes, incluso los universitarios, tienen un nivel académico que ha bajado a niveles del subsuelo; escriben con unos símbolos crípticos parecidos a los jeroglíficos y que tienen poco que ver con esas antiguallas llamadas Gramática y Ortografía. Ignoran la Historia, la Geografía y la Filosofía. Sus lecturas son los mails y los whatsapps y cualquier duda pueden resolverla en breve con el Google o la Wikipedia. Esta apocalíptica visión, que nos sume en la oscuridad de una nueva Edad Media, tiene parte de cierta, pero necesita de unas cuantas matizaciones.

No puede ser que la gente, por una causa fatal, sea más torpe que antes. Me parece que el porcentaje de torpes y de listos no ha variado mucho a lo largo de la historia y que la naturaleza humana, con su debilidades y grandezas, viene a ser la misma desde Adán hasta hoy. La torpeza (sé que la palabra no es muy afortunada; mis colegas dirían “dificultad de aprendizaje” o “desfase curricular”, pero así nos entendemos todos) ahora es mas ostensible que antes por la sencilla razón de que antes estaba fuera del ámbito educativo. El sistema educativo ha multiplicado sus recursos (número de centros, plazas escolares, universidades, becas, bibliotecas, edad de escolarización obligatoria…) exponencialmente y espectacularmente, en poco tiempo, al menos en España. Hay más gente que no sabe porque… hay más gente. Los datos están al alcance de todos en cuanto a número de centros, de universidades, de alumnos escolarizados. Baste con un dato sencillo pero significativo: hasta la implantación de la EGB y el BUP (años 70) la educación básica (más o menos obligatoria) era hasta los 10 años; hoy con la ESO es hasta los 16, aunque hay muchos alumnos que siguen cursando enseñanzas postobligatorias.

Pero a esa cuestión meramente estadística y cuantitativa, aunque importante, hay que sumar un aspecto cualitativo del problema; un aspecto que me parece el fundamental. Los jóvenes saben menos que nosotros (los que hemos superado los cincuenta, por poner una cifra redonda) de algunos temas y más que nosotros de otros. Cualquier niño de corta edad sabe manejar los aparatos electrónicos e informáticos con una habilidad casi genética. Los jóvenes saben más idiomas, sobre todo inglés, y han viajado más que sus mayores. Seguramente sus experiencias vitales y sus amistades son más amplias. La movilidad y la facilidad de viajar y las redes sociales aumentan el número y la diversidad de personas a las que se trata y, por tanto, crea criterios más amplios, perspectivas vitales de más anchura. Estos jóvenes -escribe la profesora Violeta Núñez- “a la manera de los proyectiles inteligentes (…) saben cambiar de dirección, adaptarse a circunstancias variables, detectar de inmediato los movimientos que comienzan a producirse actualizando y rectificando su propia trayectoria”.

Hay una cuestión, si cabe, más importante. La mutación se produce en un nivel más profundo: no sólo lo que se sabe, sino cómo se sabe; e incluso qué cosa es el acto del saber. Esta nueva era que muestra un paradigma tan radicalmente distinto a los anteriores, ha sido llamada por algunos pensadores Postmodernidad, concepto que ha sido largamente elaborado. Nos es útil, para orientarnos en este laberinto, el concepto de “Modernidad líquida” del sociólogo polaco Zygmunt Bauman (véase Los retos de la educación en la Modernidad Líquida, Gedisa, 2005). La etapa anterior de la “Modernidad sólida” crea unos valores que intentan ser permanentes; y la educación tiene la función de transmitir estos valores, estas pautas. La “Modernidad Sólida” se caracteriza por una concepción lineal del tiempo; mientras que, en el nuevo paradigma, se impone lo que Bauman llama un tiempo “puntillista”. Esto es, eclosiones temporales que empiezan y acaban sin continuidad. Esto hace que no haya identidad, sino diferencia; un continuo renacer en el que una persona a lo largo de su vida puede tener diversos aspectos, diversas parejas o trabajos. No hay nada sólido y permanente; todo es “líquido”.

¿Cómo plantear la tarea educativa en esta situación?

En principio, será una enseñanza continua y permanente, no la adquisición de unos conceptos definitivos que ya no tienen sentido. La memoria, como la lealtad a los vínculos, como los compromisos, sería una rémora, un peso muerto. Además, el saber, la información, aunque cercano y al alcance de todo el mundo, es una masa tan enorme e informe, tan falta de organización y orden, que se convierte en un misterio impenetrable. La educación tendrá que prepararnos a movernos en este magma casi infinito. En una palabra, estamos en una situación compleja. “El cambio actual -escribe Bauman- no es como los cambios del pasado (…) sencillamente nunca antes estuvimos en una situación semejante”.

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Nacido en Álora (Málaga), 1960. Profesor de Lengua en Educación Secundaria, Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Málaga. Colabora con distintos medios con trabajos sobre temas literarios, sociales o religiosos.

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