Antonio Garrido Moraga, trapero del tiempo

Antonio Garrido Moraga fue profesor mío de Crítica Literaria en la antigua Facultad de Filosofía y Letras, en aquel ilustre caserón conventual de San Agustín, con sus anchas escaleras,...

Antonio Garrido Moraga fue profesor mío de Crítica Literaria en la antigua Facultad de Filosofía y Letras, en aquel ilustre caserón conventual de San Agustín, con sus anchas escaleras, su magnífico claustro y sus aulas amplias y un poco desangeladas. (Por cierto: qué lastima que ese noble edificio se perdiera como sede universitaria). Garrido era entonces un joven profesor recién salido de las primeras promociones de la misma universidad, que compatibilizaba sus clases en la Facultad con las del instituto de Martiricos. Lo recuerdo llegando a clase, un poco jadeante (teníamos nuestra aula en la última planta), algo sudoroso y moviendo esa enorme masa de su cuerpo. Era joven, pero su calvicie prematura, las gafas y esa forma de moverse como quien desplaza una masa superior a sus fuerzas, le daban ya el aire de una persona sedentaria. Sin embargo, cuando comenzaba a hablar resultaba una persona aguda, brillante, de múltiples recursos, que sabía mezclar la erudición y la anécdota, el dato raro de una lectura exquisita y la ocurrencia con una facilidad pasmosa.

Recuerdo en concreto un día que nos explicaba la obra De Vulgari Eloquentia de Dante. Destacaba como el genio florentino había hecho tantas cosas y todas de un nivel supremo, como le había dado tiempo de sacar a su vida tanto partido. Y luego hizo una confesión que sonaba a personal: ahora no nos da tiempo a nada, a los modernos se nos pasa el tiempo con una cosa y otra y no hacemos nada importante.

De este pequeño comentario, que seguro mis compañeros de aula habrán olvidado, deduzco que el tenía la obsesión de aprovechar el tiempo y que, de hecho, lo aprovechó de una forma pasmosa, contradiciendo esta afirmación pesimista.

Su currículum, en el sentido etimológico de su itinerario por este mundo, demuestra a una persona que ha proyectado su vida como un abundante crisol de múltiples haces.

Profesor en la universidad y en la secundaria, conferenciante, escritor, impulsor de la Escuela de español para extranjeros de la UMA, académico, hombre siempre presente en los foros culturales. Añádase su vida pública como concejal, director de Instituto Cervantes de Nueva Yok, parlamentario, político que llevaba el debate ideológico a una altura intelectual no muy frecuente hoy. Añádase, por si fuera poco, su labor de periodista en radio y televisión y su colaboración como crítico literario en Diario Sur. Y para terminar, por no ser abrumadoramente exhaustivo, su omnipresencia en el mundo cofrade: pregones, charlas, debates…

Y toda esta barahúnda de actividades hechas con un aire sosegado, con ese estilo un poco mastodóntico de las personas gruesas, que parecen no tener nunca prisa. ¿Y cuando tenía tiempo de leer, estudiar y preparar? ¿Dónde estaba su tiempo de sosiego y retiro?

Antonio Garrido era nuestro Marañón malacitano, avaro aprovechador de los momentos, trapero del tiempo

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Nacido en Álora (Málaga), 1960. Profesor de Lengua en Educación Secundaria, Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Málaga. Colabora con distintos medios con trabajos sobre temas literarios, sociales o religiosos.

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