Manuel Rivas: “Me parece increíble la precariedad cultural que hay en los medios de comunicación”

La luz -todavía veraniega- de Madrid se encapricha sin remisión de la mirada azul y de melancolía marinera de Manuel Rivas. Mientras tanto, el poeta lanza al vuelo palabras...
Manuel-Rivas_1067303527_9663412_1020x574

La luz -todavía veraniega- de Madrid se encapricha sin remisión de la mirada azul y de melancolía marinera de Manuel Rivas. Mientras tanto, el poeta lanza al vuelo palabras ensimismadas, curiosas y apasionadas mientras contempla el abrumador gentío de una calle. Como buen maestro, poeta, artesano del verbo y erudito de la tierra, Rivas alterna la charla con anotaciones en una libreta llena de dibujos y pensamientos. Una especie de fuente de la que brota la nostalgia como una de las bellas artes. Habla de Federico García Lorca y Rosalía de Castro, de la cultura, de los males de este país. Y cuando puede, brinda por el derecho a soñar, por una memoria que no se olvide nunca y por los que saben descubrir el secreto que esconden la lengua de las mariposas. 

Después de todo, tú, ¿por qué escribes?

Escribo porque escribir es como respirar. Escribo y no me pregunto por qué. Cuando respiro tampoco me pregunto cómo funciona el aparato respiratorio. Es la primera sensación que tengo. La literatura es como algo orgánico para mí. Como una prolongación casi natural. Tal vez sea un explicación infantil, pero es como lo siento. Escribir me sitúa en un lugar muy parecido a lo que sería una orilla. La orilla de todo.

Escribir, la creación literaria exige admiración en cierto modo. ¿A quién admiras tú?

Creo que hay gente que escribe y ha hecho de la admiración una profesión. Pero eso no significa que la literatura resida necesariamente en esas personas. Por suerte, las letras están mucho más presentes de lo que parece en eso que llamamos la vida corriente. La literatura tiene esa condición: es imprevisible. Y puede abrirse esa boca en cualquier momento o persona.

Es misteriosa.

Sí, aparece a veces donde nunca esperaríamos una expresión de belleza, de inteligencia, de originalidad. A veces se posa en estos lugares como descansan las aves en los postes eléctricos. Por eso no tengo nombres fijos ni personas únicas para admirar. Porque es siempre una persona, un ente que puede tomar varias formas. Un arquetipo de va tomando cuerpo. Por eso creo que si digo García Lorca, también estoy diciendo Rosalía de Castro. 

Ahora se dice que los escritores de la nueva generación no tienen nada nuevo que contar, que no son originales. ¿Crees que ahora mismo estamos ante un buen relevo generacional?

Qué sabemos nosotros de lo que queda por contar. Siempre hay momentos en los que hay una sensación de vacío, que echas de menos unas bocas que digan algo. Y es entonces cuando aparece esta visión apocalíptica de la literatura. Pero a mi lo que me gustaría decir es que no creo para nada en la clasificación generacional. Me parece que es de perezosos -sean críticos, escritores o periodistas quienes digan eso- pensarlo. Sí es cierto que puede haber un polen que se comparta entre todos, pero es transgeneracional. Por ejemplo, yo me siento más cerca de Kafka que de gente de mi generación. 

¿Quieres decir que las generaciones no existen?

¿Qué es lo que crea una generación? ¿Haber nacido en el mismo año? Me recuerda a eso de la quinta, de los quintos de La Mili. Hubo un tiempo en que existieron generaciones que resultaron de un esfuerzo imaginativo. La Generación Perdida, por ejemplo. Pero aquí “se montó” la del 98, después vino la del 27 y ¡fíjate hasta donde llega la pereza! que ya hemos pasado a la del 50, la del 60, la del 90…

Entonces, ¿son un error?

La Generación del 27, por ejemplo, es un timo absoluto. ¿Por qué del 27? ¿Porque existió una foto y una conferencia sobre Góngora? ¿Por eso se crea una generación? No. Cuando Dámaso le puso el nombre mucha gente en el exilio se horrorizaba. Esa no es la Generación del 27. Es la Generación de la República. Ese nombre sí tendría un sentido. Pero esa literatura no tenía que ver con la República en sentido político, sino en el sentido más amplio de lo que eso implica, en la sacudida cultural y nuevas miradas que generó.

¿Son valientes los que escriben?

La literatura no puede ser un reflejo de lo que está ocurriendo, pero tampoco puede descoserse. De hecho tiene que aportar esa mirada de lo que no se ve. Y ahí puedo compartir esa sensación, la de que falta un riesgo. Tal vez deberíamos apostar más. 

¿Nos hemos acomodado?

Creo que en el polen que te decía antes y que ahora respiramos puede haber una especie de cautela, de anestesia. También hay estupor, ese estado maravilloso que precede a la primavera. Así que, tal vez, existan personas que están arriesgándose, porque la literatura busca. Si está callada es que está buscando. 

Si hablamos de paraísos perdidos, ¿en qué libro tienes tú un paraíso secreto?

Bueno, está el Paradiso de Lezama Lima. Pero ahora, que desgraciadamente asistimos a la extinción de las luciérnagas, podemos decir que los libros cumplen esta función. La de las luciérnagas. Son luces, detectores de que algo se está renovando. En cuanto a los libros, mi paraíso es amplio. Desde la Odisea hasta La broma infinita, por ejemplo. 

¿Poesía o novela?

Si tengo que darte una respuesta radical, para mí toda la literatura es poesía. Incluso la buena filosofía es una rama de la literatura, de la poesía. De eso te das cuenta cuando lees a María Zambrano, a Schopenhauer, a Nietzsche. Cuando los conoces piensas con sorpresa: ¡oh, esto es poesía! Poesía que piensa. 

¿Crees que la literatura o la poesía pueden llenar los vacíos históricos de un país?

Bueno, yo me contentaría con que llenase mi vacío. Mi propio vacío.

Hay quien dice que la soledad se llena con cultura, ¿no?

Sí, pero también aprendes a descubrir la soledad. 

Según un estudio elaborado en Estados Unidos, un usuario dedica una media de 19 segundos a ver una página. ¿Crees que internet perjudica a la literatura?

Lo cierto es que cuando no había internet tampoco se leía más. Lo que me preocupa de esa herramienta es que ahora parece que hay una intoxicación. Va asociada a la globalización a la inmediatez. Creemos que internet da más posibilidades de comunicación. Pero también puede generar el efecto contrario. También puede estar ocultando una información esencial. En los años, en Coruña se editaba una revista de Vanguardia que se llamaba Alfar. Y en ella aparecían colaboraciones de André Bretón, de Machado, de Borges y a veces me da por pensar que toda esa gente se comunicaba más que lo que nosotros podemos hacer hoy en día. Lo importante en la comunicación, es la mezcla entre libertad y un toque de saudade frente a la fórmula de velocidad y codicia. Y eso, con internet, no se puede conseguir. 

¿Quién te empujó a escribir?

Si te respondo con precisión cronológica el primer recuerdo viene con una edición llena de ilustraciones de El último Mohicano. Pero el momento germinal lo asocio a voces y no tanto a libros o autores. 

¿Voces de tu entorno?

Hay de todo. Me acuerdo de personajes de libros. Del pagano, de Don Martinete, personajes de una riqueza expresiva y una brillantes tremenda. Pero también pienso en mi tío Francisco. Fue un clásico barbero. Ahora, con 93 años ya no lo es, pero sigue siendo mi personaje, mi clásico. 

Los personajes de tus obras suelen estar sacudidos por injusticias. ¿Es la derrota el primer paso para alcanzar la victoria?

Para mí, rebelarse contra la injusticia es el principio de todo. No me gustan las derrotas. Es más, me gustaría regalar las mías. Igual hay coleccionistas que buscan derrotas en anticuarios. Sólo me gustan en la medida que implican una rebelión. Porque ahí ya no existe la derrota, existe la valentía de dar un paso al frente. 

¿Qué problema golpea más fuerte al panorama cultural de hoy?

Hablando de la necesidad de rebelarse, creo que en la cultura sí hay una derrota. Lo que se ha hecho con la educación, por ejemplo, me parece inquietante. Ahora hay una especie de victoria del partido conformista. Una persona joven puede hacer todo el recorrido educativo y no rozarse con el contenido de la filosofía o la literatura. Creo que eso es una derrota tremenda del pensamiento. Me parece increíble la precariedad cultural que hay en los medios de comunicación. Sobre todo la incapacidad hay para que una programación sea rica en contenidos. Si te fijas, en las series, ya nadie aparece leyendo. 

Hemos olvidado la cultura.

Max Aub decía que los grandes problemas, en el fondo, son problemas culturales. Y así es. Me parece increíble cómo un domingo por la tarde, una emisora de radio puede emitir un programa taurino. Y ya no es porque sea taurino, ¡es que se permiten echar un mitin! Quieren adoctrinar a los que están en contra de esa costumbre. Y es entonces cuando te das cuenta de que, si no podemos cambiar eso, debe de ser muy difícil cambiar otras cosas. 

Y en cuanto a la clase política que nos rodea, si tuvieras que escribir algo, ¿sería una historia de terror?

Hace no mucho tiempo vivimos un momento que dio cierto oxígeno a la sociedad. El Movimiento 15-M sacudió unas cuestiones políticas , sociales y culturales que estaban ahí y que nadie vivía. En cierto modo, el país necesitaba reexistir. Pero ahora tengo la sensación de que nos envuelve una atmósfera de gran retroceso. Algo se nos escapa. No sé si es cautela o falta de energía, pero siento que hay una parte de la sociedad que quiere cambiar algunas cosas y no puede. Hay una parte de indignación pero no lleva a convertirse nunca en una rebeldía eficaz. Eso es lo que yo intentaría contar, preguntarme dónde está esa rebeldía. Decía John Berger que entre la esperanza y la desesperanza, el estilo es tener un poco de esperanza. Y es cierto que no está todo perdido. Hay gente que busca otro modo de vida. Por ejemplo, la gente que decide no abandonar el campo, que no deleita a la esperanza, que sostiene las vigas del cielo. 

¿Somos un país sin memoria?

Un país decente, con memoria y con respeto hacia uno mismo no podría aceptar que los herederos de un dictador estén usando el patrimonio público. Aquí ocurre eso. Y creo que habría que situarlo en  la desvergüenza colectiva. Tampoco entiendo a los intelectuales que hablan contra la Memoria Histórica. ¡Toda la historia es memoria! Sin embargo asistimos a un activismo del olvido. Ahora, además, a la gente le gusta definirse como ‘políticamente incorrecto’. Como si eso fuera una cualidad. Tenemos una cantidad de incorrectos por correcto al cuadrado extraordinaria. Pero nadie lo es. Lo correctamente incorrecto sería, por ejemplo, pedir que existiera una banca pública con el dinero que se utilizó para sanear la banca la banca privada. Tener una monarquía puede ser correcto, pero ya, tener dos reyes… Y de eso nadie habla. Por eso creo que la palabra clave es vergüenza. Yo procuro escribir desde ahí, desde las cosas que me avergüenzan de fuera y de dentro. Esa es mi orilla. 

¿Leeremos algo tuyo próximamente?

Sí.no sí si voy muy avanzado o no. Sé lo que voy a escribir mañana, pero no puedo ver más allá. Aún así, estoy preparando una novela protagonizada por una chica adolescente que vive en la máxima soledad. y, de momento, he encontrado en ella la posibilidad de encontrar algunas cosas que no era capaz de contar hasta ahora. 

Secciones
CulturaEspaña

Periodista.
Sin comentarios

Deja un comentario

Otros: