ESPAÑA TIENE MUCHO QUE REPROCHAR A LAS DEMOCRACIAS OCCIDENTALES.

El imperdonable abandono de la República española «Una pequeña intervención hubiera sido suficiente para que el Gobierno de Madrid ahogara el brote de rebelión», señaló el ministro francés de...
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El imperdonable abandono de la República española

«Una pequeña intervención hubiera sido suficiente para que el Gobierno de Madrid ahogara el brote de rebelión», señaló el ministro francés de Educación, Jean Zay, partidario del apoyo del Frente Popular. Lo que ocurrió fue exactamente lo contrario
GILBERT GRELLET

<p>De izquierda a derecha, los jefes de Gobierno de las tres potencias democráticas al inicio de la Guerra Civil española: Stanley Baldwin (Reino Unido), Léon Blum (Francia) y Franklin D. Roosevelt (EEUU).</p>
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De izquierda a derecha, los jefes de Gobierno de las tres potencias democráticas al inicio de la Guerra Civil española: Stanley Baldwin (Reino Unido), Léon Blum (Francia) y Franklin D. Roosevelt (EEUU).

En los días y semanas que siguieron al golpe de Estado desencadenado el 17 de julio, los tres grandes democracias occidentales –Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos– se negaron a prestar su apoyo al gobierno elegido democráticamente en Madrid para sofocar el levantamiento militar. Fue un error imperdonable, que costaría muy caro al pueblo español, que tuvo que soportar casi cuarenta años de dictadura franquista. Fue también un gran error geopolítico, que presagiaba Múnich y abría el camino hacia la Segunda Guerra Mundial.

Ochenta años después de este fatal episodio, uno se queda atónito al constatar que el Gobierno francés del Front Populaire, dirigido por el socialista Léon Blum, abandonó a su suerte el Frente Popular español, a pesar de la petición de ayuda realizada el 19 de julio por el Gobierno de Giral. Después de una respuesta inicial favorable, Blum cambió rápidamente de opinión debido a los violentos ataques de la prensa francesa de derechas y a la reticencia de los radicales –sus aliados políticos– del Ministerio de Asuntos Exteriores y, sobre todo, por las presiones del Gobierno de Londres.

A partir del 25 de julio, el Consejo de Ministros francés decidió no cumplir con el encargo oficial realizado por Madrid para suministrar aviones y armas. Ese mismo día fatídico, en el que todo cambió, Hitler accedió a enviar de manera urgente aviones para ayudar a cruzar el Estrecho de Gibraltar al ejército rebelde en África, tras una reunión celebrada en Bayreuth (Alemania) con emisarios enviados por Francisco Franco. Dos días más tarde, Benito Mussolini enviaba también aviones a los golpistas.

«Una pequeña intervención hubiera sido suficiente para que el Gobierno de Madrid ahogara el brote de rebelión», señaló, en su momento, el ministro francés de Educación, Jean Zay, partidario del apoyo del Frente Popular.  Lo que ocurrió fue exactamente lo contrario: el ejército insurgente tomó una ventaja decisiva gracias a la ayuda inmediata y determinante de los aviones alemanes e italianos.

 

El resto de la historia de esta traición a la democracia española la conocemos de sobra. Después de constatar el apoyo otorgado a los rebeldes por Berlín y Roma, Blum se comprometió a entregar a Madrid algunos aviones a principios de agosto, antes de interrumpir por completo el suministro de armas el 8 de agosto –un verdadero embargo–, decisión englobada en el marco de una insólita política de “no intervención”.

Concebido por el Quai d’Orsay [Ministerio de Asuntos Exteriores] en París, aprobado por Londres y firmado por todos los países europeos, incluidos Alemania e Italia, el acuerdo de «no intervención» prohibía cualquier forma de asistencia a los contendientes en España. Fue una mascarada diplomática increíble, burlada por Hitler y Mussolini, que siguieron apoyando abiertamente a los rebeldes, mientras que los países democráticos negaron cualquier apoyo al bando republicano.

Con el pretexto de no interferir en un conflicto «interno», la  «no intervención» equiparaba a un gobierno legal republicano con unos traidores militares golpistas, y constituía de hecho una «intervención» contra el Frente Popular, como señalaron el embajador español en París, Álvaro de Albornoz, y el jefe de la diplomacia española, Julio Álvarez del Vayo, en su famoso discurso ante la Sociedad de Naciones (SDN) en Ginebra el 25 de septiembre.

En este proceso, la responsabilidad moral y política del Gobierno Blum es innegable, pero la del Ejecutivo inglés no es menos abrumadora. Cegado por el anticomunismo, deseoso de evitar más conflictos en Europa y de «apaciguar» a Hitler, el gobierno conservador de Stanley Baldwin apenas ocultó su preferencia por los golpistas españoles. Londres puso en práctica una «maliciosa neutralidad» respecto al Frente Popular, tras convencer a Francia, muy comprometida con su alianza con Gran Bretaña, de no hacer nada.

Incluso Winston Churchill, desde fuera del gobierno, intervino directamente en las negociaciones con Blum –con el que mantenía buenas relaciones– para convencerle de que era mejor que ganaran los militares que ver a los “comunistas” hacer la revolución y masacrar “a la burguesía”

Por su parte, la América aislacionista de Franklin Roosevelt aplicó de forma errónea el estricto principio de «neutralidad», y dejó que empresas privadas suministraran combustible y transporte a  los golpistas. Además, Roosevelt, en medio de la campaña para su reelección en 1936, no quería ponerse en contra a la comunidad católica de Estados Unidos, indignada por las noticias de matanzas de religiosos en Cataluña y Aragón.

Sin embargo, el embajador de Estados Unidos que en ese momento estaba en España, Claude Bowers, era un personaje notable que no cesó de denunciar la «farsa» de la “no intervención” y que apoyó decididamente al Gobierno republicano, a diferencia de lo que hizo su homólogo inglés, Henry Chilton, ferviente partidario de los golpistas, que enviaba informes falsos a Londres sobre la situación en España.

Más allá de este imperdonable error político –no apoyar a un gobierno elegido democráticamente–, París, Londres y Washington cometieron un importante error geoestratégico al no reaccionar ante la ayuda proporcionada por los nazis alemanes y los fascistas italianos a los militares rebeldes españoles.

Ferviente pacifista, Blum no cesó de repetir que la “no intervención” pretendía evitar «una conflagración general» en Europa. En otras palabras, dejar que se desarrollara el conflicto en España para evitar la guerra en el continente. Una política equivocada, aprobada por los ingleses.

Sin embargo, incluso entonces, muchos políticos y partidarios de prestar ayuda a Madrid señalaron todo lo contrario: que el hecho de no intervenir en España traería una nueva guerra generalizada en Europa. “Ahora nos toca a nosotros, mañana seréis vosotros los que tengáis una guerra”, afirmó profética Dolores Ibarruri, la Pasionaria, en una gran concentración en París a principios de septiembre de 1936.

Y, de hecho, eso es lo que ocurrió como resultado de la ceguera y de la ingenuidad de las democracias frente a las amenazas y las mentiras totalitarias. El escandaloso abandono de la República española puso al descubierto la cobardía de estas democracias, dio alas a las agresiones de Hitler y Mussolini y permitió la formación y consolidación del Eje Roma-Berlín… Siguieron Múnich y la Guerra 1939-45.

En aquel imperdonable verano de 1936 se escribió el destino del pueblo español, sometido posteriormente a una despiadada dictadura. Pero también el de una Europa que se vio arrastrada a la guerra porque no supo defender la democracia.

 

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