CONVERSACIONES CON MI ÁNGEL CAÍDO

EL ÁNGEL CAÍDO Ricardo Bellver Fotos: Pedro Taracena Durante mucho tiempo, demasiado, me negué a mí mismo la posibilidad de ser libre. Una voz interior me decía que tú...
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EL ÁNGEL CAÍDO

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EL ÁNGEL CAÍDO

Ricardo Bellver

Fotos: Pedro Taracena

Durante mucho tiempo, demasiado, me negué a mí mismo la posibilidad de ser libre. Una voz interior me decía que tú me esclavizarías. Me harías de los tuyos. Sería como tú y sufriría la misma maldición que el Ser Supremo sentenció cuando tu enfebrecida soberbia te hizo gritar: NON SERVIAM.

No obstante, tu energía era para mí como el imán perpetuo de mi vida. Siempre que visitaba aquel bosque, ansiaba por llegar al centro de la floresta, porque allí estabas tú. Cada día me aproximaba más, escuchaba los rumores de las otras gentes que rodeaban tu pedestal: ¡Es la única escultura dedicada al Diablo en el mundo! Decían unos. ¡Y además en un país tan católico como el nuestro! Apostillaban otros. Representabas el mal, pero no la fealdad. Tu desnudez se dejaba arropar por una serpiente, que en otras épocas la hicieron responsable del origen de la gran maldición.

Tú ya ardías en los infiernos y nuestra proximidad nos hizo jugar con fuego hasta que nos abrasamos… Y desde lo más hondo lanzaste el dardo envenenado y candente hasta lo más hondo de mi ser. Aquella centella luminosa hizo reventar las potencias de mi alma: Me abriste los caminos del entendimiento. Guardé en mi memoria todo el conocimiento humano adquirido. Y el tercer poder me hizo descubrir la voluntad guiada por mi razón.

En cada visita me mostrabas una parte del camino que tú ya habías recorrido. Una jornada transcendental para mí fue el día que me indicaste los enemigos del alma. De mi alma. No tuviste reparo en decirme que el primero eras tú. El Diablo, es decir el mal. El segundo el Mundo, es decir la humanidad y el tercero la Carne, es decir la concupiscencia. No fue fácil para mí comprender la conjugación de estos tres conceptos.

Hubo de pasar mucho tiempo hasta que me hablaste de otras virtudes que me adentraron en tu misterio. Me recordaste que de niño me habían hablado de las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Yo asentí con la cabeza pero no aclaraste mi duda. Me explicaste que las tres cualidades tenían el mismo sujeto, innombrable para ti. Fe ciega en Dios. Total confianza y esperanza en alcanzar la Gloria, y la caridad consistía en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Pero yo no podía asumir este razonamiento porque el entendimiento, la memoria y la voluntad estaban el servicio de la razón, no de la fe.  Solamente obtuve la respuesta con tu denso y prolongado silencio…

Nuestras conversaciones seguían configurándose como  una lección magistral, preñada de contenidos lógicos. Llegó el día en que me hablaste de otras virtudes, las cardinales. La Prudencia, poseer el medio entre dos extremos. La Justicia, dar a cada uno su derecho. Fortaleza, moderar los miedos y osadías. Por último, la Templanza que ponía freno a la gula y a los apetitos sensuales. Llegado este momento me hablaste de la sensualidad como patrimonio de nuestros cinco sentidos. Aunque hablar de la función de los sentidos suponía una obviedad, no lo era tanto si profundizábamos en ello. Ver con los ojos. Oír con los oídos. Gustar con la boca. Oler con la nariz y Tocar con las manos. También me hablaste del sexto sentido que correspondía al mundo de lo esotérico. El esoterismo es algo oculto y reservado. Que es impenetrable o de difícil acceso para la mente. Una doctrina de la Antigüedad: Que era transmitida por los filósofos solo a un reducido número de sus discípulos. Pero la piedra angular de tu disertación fue sobre el séptimo sentido. Habíamos hablado de cinco sentidos y tú me sorprendes con dos más. Te interpelé. Con una mueca de sonrisa cómplice esta fue tu respuesta: Parte de tu cuerpo ha estado secuestrado en el Limbo de la clandestinidad. Donde se te ha permitido sentir pero no consentir. Pero a los cinco sentidos o seis, si prefieres considerar también el sentido de lo oculto, es preciso considerar la sexualidad como sentido en el cual intervienen todos los órganos sensitivos. La Naturaleza ha dotado al Reino Animal de órganos genitales que garantizan la procreación para  perpetuación de las especies. Una gran diferencia hay entre los animales racionales y el resto.

El animal racional, continuaste con tu disertación, el Hombre, el género humano, es libre para tener o no tener descendencia. Además puede realizarse sexualmente sin tener como objetivo final y exclusivo la procreación. No seré yo, el Ángel Caído, quien te de la noticia de quién fue el responsable de suprimir esta dicotomía. Es decir que la sexualidad sea una parte de la realización del ser humano, prohibida, y la procreación un mandamiento divino: Creced y multiplicaos… Ha sido la tradición de tus ancestros, me apostillaste: Reyes, Profetas, Patriarcas, Apóstoles, Discípulos, Papas, Santos Padres, Obispos y Sacerdotes, quienes te han trasmitido el mandamiento no escrito de, NO GOZARÁS. Sin duda tu explicación me dejo atónito…

Aún me tenías reservado, mi ya amigo Ángel Caído, una serie de planteamientos patrimonio de teólogos o gentes avezadas en la mística de los ángeles. Nuestros encuentros se estaban celebrando en los tiempos contemporáneos a mi persona, pero tú me trasladaste al escenario de los eventos, donde tenía lugar la consumación de los tiempos anunciada y cumplida. La segunda persona de la Santísima Trinidad ya se había hecho Hombre y ya disfrutaba de las dos naturalezas: divina y humana. Para que yo comprendiera mejor esta cuestión teológica, me colocaste desnudo en el interior de tu recinto, donde nadie nos podía ver.

Mi naturaleza, me explicaste, está dotada de las mismas potencialidades que las del mismo Cristo. Es decir, la misma sensualidad y la sexualidad que sientes tú. Ahora amigo terrenal, hemos llegado muy lejos con tus pretensiones de conocer. Te corresponde a ti el turno de responder a esta reflexión: Yavé, el Dios Padre, creó al hombre a su imagen y semejanza y llagada la consumación de los tiempos, Él se encarnó en su Hijo para seguir siendo Hombre. Con estas premisas ¿la naturaleza del Hijo sería semejante a la tuya o sería mutilada sexualmente por el Padre?

Me dejó sin habla y tardé muchos días en volver al interior de aquel, cada vez más frondoso bosque. Aunque se había producido un cambio. Mi Ángel Caído y yo permanecíamos desnudos disfrutando de la ausencia de pudor. Entonces, me reveló otro de sus secretos. El verdadero motivo de su rechazo a tributar adoración de latría al Hijo de Dios, es decir, reverencia, culto y adoración que solo se debe a Dios, no fue la soberbia la que le causó el arrojo al Infierno. Pudo más la rebeldía ante el fanatismo impuesto al margen de la razón. El misterio de la Santísima Trinidad entró en conflicto teológico con la doble naturaleza del Hijo de Dios. Divina y Humana.

Llegó el momento de que abordáramos, tú y yo,  el Decálogo. Moisés recibe la Tablas de la Ley y ante la idolatría del Pueblo Elegido, las estrelló contra una roca. Y aprovechaste la narración de este evento para confesarme que también te negaste a la reconstrucción de algunos de Los Diez Mandamientos. Me explicaste que los tres primeros pertenecen al honor de Dios y los otros siete al provecho del prójimo. El cuarto, honrarás padre y madre. El quinto, no matarás, El sexto, según la versión de la Biblia, es no adulterarás. Relación sexual voluntaria entre una persona casada y otra que no sea su cónyuge. Sin embargo, en la versión del Catecismo del Padre Ripalda (1535-1618), se puede leer, no fornicarás, tener ayuntamiento o cópula carnal fuera del matrimonio. El séptimo, no hurtarás. El Octavo, no levantarás falsos testimonios, ni mentirás. El noveno, no desearás la mujer de tu prójimo y por último, el décimo, no desearás las cosas ajenas. Volviendo a las Sagradas Escrituras, el noveno y décimo mandamiento en Deuteronomio, 5-21 dice: No desearás la mujer de tu prójimo, ni desearás su casa, su campo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada de cuanto a tu prójimo pertenece. En este momento estamos los dos de acuerdo que la tradición más represora del gozo sexual, ha dado identidad propia a la primara parte del precepto noveno. No desearás la mujer de tu prójimo establece el canon de la prohibición del adulterio, al margen de la interpretación tribal, doméstica y económica Una vez concluidos los enunciados del Decálogo, ahora comprendo el porqué el sexto y nono mandamiento entran en conflicto con el uso y disfrute del cuerpo creado por Dios.

Según transcurría el tiempo ansiaba cada día más, gozar de tu presencia y contagiarme de tu libre albedrío. Deseaba ser otro  Ángel Caído. Quizás me quedaba mucho camino por recorrer. En nuestros encuentros, siempre, dabas pie para comenzar alguna nueva disciplina que me llenara de gozo y de placer. Tengo que confesarte que siempre me has seducido. Aunque pertenecíamos a reinos diferentes, compartíamos lazos que ensamblaban nuestros sentimientos, emociones y sensaciones… Con frecuencia me decías que nos quedaba mucho camino por recorrer en nuestra hoja de ruta. Y tampoco te preguntaba cuánto me quedaba para llegar… Un día te insistí que me hablaras del amor. Del amor humano, libre y al margen del género masculino y femenino. ¡Qué ingenuo fui! Un Ángel proscrito como tú, qué ibas a saber…

Craso error. Ignorancia crasa. Recuerdo la separación que me hiciste entre el amor-cáritas y el amor-eros. La caridad tiene que ver con la limosna, la misericordia, la entrega, el sacrificio y la hermandad. Pero el amor es compartir la sensualidad y la sexualidad. Es gozar con la unión de los cuerpos provocando placer, en igualdad de condiciones. Es respeto, libertad, igualdad y complicidad. Te pregunté cual era la interpretación simbólica de tu desnudez y cuál era el papel desempeñado por la serpiente que circunvala tu hermoso cuerpo. Y me recitaste el versículo 25 del capítulo 2 del Génesis: Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, Adán y Eva, sin avergonzare de ello.

Tenías verdaderos deseos de hablarme de los pecados que me acompañarían contigo al Infierno. Que yo recordaba desde mi tierna infancia. Sentía ansias de conocer tu versión del pecado, sobre todo del pecado mortal. Me hiciste recordar al pie de la letra la letanía de los siete pecados capitales, que aún recordaba desde niño. En la Biblia el número 7 aún siendo primo es divisible y múltiplo de todo, aunque no lo prescriba la aritmética más simple. Sin duda tu sabiduría angelical quitó hierro al asunto. Cuando es el hombre quien utiliza la razón, los pecados por graves que aparezcan, pueden ser atenuados por el conocimiento humano. Y quizás hasta cambiar de signo.

Contra Soberbia Humildad. Contra Avaricia Largueza. Contra Lujuria Castidad. Contra Ira Paciencia. Contra Gula Templanza. Contra Envidio Caridad y contra Pereza Diligencia. Una vez recitada la relación como si de una salmodia se tratara, me tomaste por el hombro y paseamos no muy lejos de tu sitial. Antes de que me preguntaras, yo te expliqué cuales eran los que yo había asumido como de mayor gravedad. Sin duda te avancé que la Lujuria.

La lujuria, junto con el sexto y nono mandamiento era la senda de la perdición de mi alma. Tú asentiste como lógico que entonara el mea culpa mea culpa mea máxima culpa, por mis pecados contra la castidad. Pero me transmitiste sosiego al contemplar que el tema de la sensualidad y sexualidad habían sido ya resueltos entre nosotros. Dentro de un humanismo racional. Los seis pecados restantes tomaban parte de las emociones, sensaciones y sentimientos lógicos de vivir en comunidad. Disciplinas que se encuadraban en el campo de la sociología, psicología y la pedagogía, donde ninguna deidad se podía inmiscuir en el comportamiento de los humanos, regulados por las leyes civiles.

Nuestra conversación había quedado interrumpida hasta pasadas varias noches de  luna llena. Para nuestro siguiente encuentro fui transportado junto a mi Ángel Caído, al pie mismo del árbol de la ciencia del bien y del mal. Allí donde Eva comió de la fruta prohibida y dio de comer a su compañero Adán. En aquella luminosa noche, al pie del árbol, estábamos los dos, uno frente al otro. Tú, mi Ángel Caído y yo. Después de un largo, placentero y tibio silencio, me atreví no sin temor a preguntarte: ¿Por qué te dejas abrazar por la serpiente? Y tú me tomaste de las manos y exclamaste: La serpiente es nuestro pudor, míranos, nosotros seguimos desnudos.

 

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Periodista y amante del relato corto y del ensayo. Como escribía Unamuno: "Mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad" Condeno con todas mis fuerzas el genocidio franquista desde 1936 a 1975.
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